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Sociedad
25.09.2026

SANTA FE

Mantovani Florece: cuando el arte, la educación y el ambiente se encuentran

Durante tres años, la Escuela Provincial de Artes Visuales “Prof. Juan Mantovani” desarrolló un proyecto institucional que convirtió al arte en una forma de pensar y habitar el ambiente. Formación docente, prácticas artísticas, intervenciones urbanas y acciones colectivas confluyeron en una propuesta que llega a su cierre con una intervención sobre el edificio histórico de la institución y un gesto botánico como símbolo de continuidad.

Hay proyectos educativos que se desarrollan dentro de las aulas y hay otros que, poco a poco, desbordan sus paredes. Mantovani Florece pertenece a esta segunda clase. Durante los ciclos lectivos 2024, 2025 y 2026, la Mantovani hizo de la relación entre arte, ambiente y educación un eje transversal de su vida institucional. No se trató de sumar una temática ambiental a los contenidos habituales, sino de preguntarse qué puede hacer una institución dedicada a la educación artística cuando decide asumir el cuidado de la vida como una dimensión de su tarea pedagógica.

El proyecto fue concebido como una propuesta trianual que involucró a la comunidad educativa a través de las distintas cátedras y talleres artísticos. Su punto de partida fue una convicción: el cuidado del ambiente puede ser pensado como un derecho y, al mismo tiempo, como una responsabilidad colectiva que compromete las formas de enseñar, crear, mirar y habitar el mundo. Desde esa perspectiva, arte y educación aparecen como herramientas capaces de producir sensibilidad, pensamiento crítico y nuevas formas de relación con aquello que nos rodea.

La metáfora que eligió la institución para nombrar este proceso no es casual. Florecer implica crecer, pero también hacerlo en relación con un territorio, con otros seres y con determinadas condiciones de posibilidad. Una flor no existe de manera aislada: necesita tierra, agua, luz, cuidados y tiempo. De algún modo, esa imagen permitió pensar también a la escuela como un organismo vivo, capaz de aprender, transformarse y producir nuevas formas de encuentro.

Una escuela con una historia ligada al arte y la educación

La experiencia de Mantovani Florece se inscribe en una historia institucional mucho más extensa. La Escuela Mantovani fue fundada en 1940 por el pedagogo argentino Juan Mantovani, cuyo nombre lleva la institución. Desde sus orígenes, la escuela articuló educación y cultura y construyó una identidad estrechamente vinculada con la formación artística.

Actualmente cuenta con dos niveles educativos. El Nivel Secundario ofrece una formación especializada en artes visuales y audiovisuales, mientras que el Nivel Superior brinda las carreras de Tecnicatura y Profesorado en Artes Visuales. A esta estructura se suma, en consonancia con su mandato fundacional y su vínculo con la comunidad, una oferta de cursos y talleres abiertos a diferentes públicos.

Entre ellos se destaca el Taller de Expresión Creadora (TEC), destinado a niñas, niños y adolescentes de entre 6 y 18 años, además de propuestas de dibujo, torno, cerámica y otros talleres que se definen anualmente.

A lo largo de su trayectoria, la institución también fue espacio de formación para numerosos referentes del campo artístico y cultural santafesino y nacional. Esa tradición permite comprender que la relación entre producción artística, formación y participación cultural no constituye una novedad para la Mantovani: forma parte de una identidad construida durante décadas.

En ese sentido, Mantovani Florece puede leerse como una nueva página de una historia institucional en la que la educación artística no se concibe únicamente como transmisión de técnicas, sino como una manera particular de producir conocimiento, sensibilidad y ciudadanía.

Una política institucional de proyectos transversales

El proyecto tampoco surgió de manera aislada. Desde 2018, la Escuela Mantovani viene desarrollando proyectos transversales destinados a enriquecer la formación de quienes estudian para convertirse en Profesores y Técnicos en Artes Visuales.

Uno de esos antecedentes fue Proyecto SOMA, una experiencia centrada en las relaciones entre artes, cuerpo y educación. Posteriormente, Mantovani 40 recuperó la historia institucional a partir de la conmemoración de las ocho décadas de la escuela, mientras que otras propuestas abordaron las relaciones entre democracia, educación artística y derechos humanos.

Esta modalidad de trabajo supone una concepción de la formación que procura superar la fragmentación disciplinar. Los proyectos transversales funcionan como espacios donde distintas asignaturas, talleres, lenguajes y actores institucionales pueden encontrarse alrededor de una problemática común. Así, aquello que se aprende en una materia puede adquirir nuevas resonancias cuando entra en diálogo con otros saberes y prácticas.

Mantovani Florece profundizó esa línea de trabajo al proponer que el ambiente no fuera solamente un contenido, sino una problemática capaz de atravesar la experiencia educativa completa.

La semilla: formar para transformar

El primer año del proyecto, 2024, estuvo dedicado especialmente a la formación del equipo docente. La intención fue construir herramientas teóricas y metodológicas que permitieran abordar la compleja relación entre arte, ambiente y educación desde las diferentes áreas de la institución.

La imagen de la semilla apareció entonces como una metáfora del proceso. Antes de florecer había que preparar el terreno.

Se desarrollaron instancias de formación y se construyeron acuerdos pedagógicos orientados a que los talleres artísticos pudieran convertirse también en espacios de reflexión ecológica y experimentación con prácticas sostenibles. La pregunta ambiental comenzó así a ingresar en los modos de producir, seleccionar materiales, pensar las obras y relacionarse con el entorno.

La propuesta se sostuvo sobre varios principios: reconocer que la humanidad forma parte de una trama de vida y no es su propietaria; comprender la interdependencia entre cuerpos humanos y otros seres; promover prácticas artísticas sostenibles; visibilizar las heridas ambientales y las desigualdades; cuidar la diversidad y fortalecer los vínculos comunitarios.

En ese marco, el arte comenzó a ser pensado como una práctica de cuidado. No necesariamente como una ilustración de los problemas ambientales, sino como una posibilidad de producir otras sensibilidades frente a ellos.

Cuando la escuela sala a la calle

En 2025, el proyecto dio un nuevo paso: salió de la escuela y se encontró con la ciudad.

El acontecimiento central fue La Caravana “Mantovani Florece”, realizada el 26 de septiembre por las calles de Santa Fe. La propuesta reunió a los distintos niveles de la institución: los Talleres de Expresión Creadora, el Nivel Secundario y el Nivel Superior.

La caravana fue, al mismo tiempo, una celebración, una intervención artística y una forma de hacer visible aquello que se venía trabajando puertas adentro. Batucada, artefactos poéticos, producciones corporales y diversas propuestas artísticas ocuparon el espacio urbano, mientras la comunidad educativa celebraba también los 85 años de la Escuela Mantovani.

La experiencia puso en evidencia una de las ideas centrales del proyecto: una institución educativa no termina donde termina su edificio. También puede enseñar cuando ocupa una calle, cuando interviene una plaza, cuando comparte una producción con la comunidad o cuando transforma sus propios modos de mirar.

Entre las producciones que participaron de aquella experiencia apareció “Le Biche Insurrecta” o “La Bicha Mantovanesca”, una propuesta colectiva de carácter performático que llevó al espacio público cuerpos y formas de intervención inspiradas en una lógica rizomática y tentacular. La obra puso en juego, además, una perspectiva interseccional y una reivindicación de las diversidades desde el arte cuir.

La escuela, de este modo, no solo celebraba su aniversario. También hacía visible una determinada manera de entender la educación artística: como práctica situada, colectiva y capaz de intervenir en las conversaciones que atraviesan a una comunidad.

Un manifiesto para una escuela que florece

Uno de los resultados conceptuales del proyecto fue la elaboración de un Manifiesto, a cargo de Gabriel Cimaomo, directivo de la institución y especialista en Estética y Ética del Arte.

El manifiesto recuperó deliberadamente una tradición propia de las vanguardias artísticas, pero sin reproducir su gesto de ruptura radical. En palabras de Cimaomo:

“El manifiesto recupera una tradición de las vanguardias artísticas pero la resignifica. No pretende romper violentamente con la tradición académica, ni aspira a transformar la sociedad toda, sino que pone en palabras el espíritu que animó el proyecto: comprender la praxis artística y educativa como un compromiso ético y político con la defensa y el cuidado de la vida sobre el planeta.”

La afirmación permite comprender una dimensión central de Mantovani Florece. El proyecto no propuso abandonar la especificidad de la educación artística para convertirla en educación ambiental. Por el contrario, buscó pensar qué puede aportar el arte, desde su propio campo de saber y experiencia, a una problemática que excede cualquier disciplina.

El manifiesto funcionó así como una especie de brújula conceptual: una escritura colectiva que puso en palabras el espíritu de una experiencia que había comenzado en las aulas y que, progresivamente, se expandió hacia otros territorios.

El ambiente como territorio de derechos

El cierre del proyecto, durante 2026, profundiza esta perspectiva. La propuesta consiste en intervenir las puertas y ventanas del edificio histórico de la escuela mediante producciones artísticas desarrolladas a partir de los aprendizajes y experiencias acumulados durante los tres años.

La elección de las aberturas tiene una fuerte carga simbólica. Una ventana permite mirar hacia afuera, pero también permite ser mirado desde afuera. Una puerta separa y, al mismo tiempo, comunica. Intervenirlas supone entonces trabajar sobre el límite entre la institución y la comunidad.

La idea que orienta esta última etapa es que el arte ambiental florezca desde el interior de la escuela y emane hacia el espacio público. La arquitectura deja de ser un simple soporte y se convierte en parte de la propuesta artística.

La apertura pedagógica de esta etapa estuvo a cargo de Isabel Molinas, quien propuso un recorrido por distintos autores y recuperó la noción de gestos botánicos en la educación. Para Molinas, “la idea fue transformadora” y debería ser “replicada en otros ámbitos de formación”.

Su intervención introdujo además una perspectiva particularmente significativa para una escuela situada en Santa Fe: la relación con el territorio litoraleño.

“En nuestro medio litoraleño el río y el ambiente deben ser considerados como portadores de derechos, igual que los animales y todos los seres vivos”.

La frase desplaza la mirada: el ambiente deja de ser un escenario donde ocurre la vida humana para convertirse en parte de aquello con lo que la vida humana establece relaciones de interdependencia.

Molinas recuperó, en este sentido, una expresión del pensamiento de Ailton Krenak: “el futuro es ancestral”, porque existe en el pasado algo fundamental para construir el futuro cuando se coloca en el centro el respeto y el cuidado de la Pachamama.

El edificio como obra y como mensaje

Durante las jornadas de producción de septiembre, la escuela volvió a convertirse en un gran taller. Las ventanas y puertas del edificio fueron concebidas como superficies de intervención para producciones que recuperaran los aprendizajes desarrollados durante el trienio.

También aquí aparece una decisión que excede lo formal: el proyecto promovió el uso de materiales sostenibles, vivos o reciclados, continuando una preocupación que atravesó las diferentes etapas de Mantovani Florece.

El edificio histórico deja así de ser solamente patrimonio arquitectónico para transformarse en una superficie pedagógica. Sus aberturas se convierten en lugares desde los cuales la escuela puede mirar y ser mirada; producir imágenes, pero también formular preguntas.

El cierre tendrá además un gesto particularmente sencillo y poderoso: la plantación de un árbol en la sede de la institución. El árbol funcionará como testigo vivo del proceso y como símbolo de continuidad. Después de tres años de trabajo, la propuesta no termina exactamente en una clausura: deja algo creciendo.

Florecer también es defender la educación artística

Hay una dimensión política en Mantovani Florece que no se reduce a las obras producidas ni a las intervenciones realizadas. El proyecto se desarrolló en un contexto en el que la educación artística reivindica su papel en la formación de ciudadanos sensibles, críticos y capaces de reconocer la complejidad de los problemas contemporáneos.

En esa dirección, el documento institucional recupera la Declaración por el Derecho a la Educación Artística de la Universidad Nacional de las Artes, formulada en 2024, que sostiene que la educación artística tiene un papel estratégico en la construcción de ciudadanías “alertas, críticas, lúcidas y sensibles” y en la formación de una ética social orientada a valorar la vida de todas las especies y de todas las personas.

La perspectiva resulta especialmente significativa para una institución cuya tarea central es formar artistas y docentes de arte. Si educar artísticamente significa aprender a mirar, escuchar, interpretar, imaginar y crear, entonces también implica preguntarse qué mundo se está aprendiendo a mirar y qué relaciones se desean construir con él.

Por eso, el ambiente no aparece en Mantovani Florece como una unidad temática más. Se convierte en una pregunta transversal sobre las formas de vivir y de enseñar.

 

 

Una escuela que florece hacia afuera

Después de tres años, el proyecto deja una serie de producciones, intervenciones, experiencias formativas y acciones colectivas. Pero quizá su legado más importante sea una pregunta: ¿qué significa educar cuando aquello que está en juego es la vida común?

La respuesta construida por la Escuela Mantovani no pasa por abandonar el arte en nombre de una urgencia ambiental. Es, más bien, la contraria: confiar en la potencia específica del arte para producir otras formas de sensibilidad y conocimiento.

Durante el trienio, las aulas se transformaron en espacios de experimentación; los talleres, en laboratorios de prácticas sostenibles; las calles, en escenarios de intervención; el edificio, en soporte artístico; y la comunidad, en interlocutora.

En palabras de Gabriel Cimaomo: “El manifiesto que surge de nuestro proyecto no es solo una declaración de principios, implica comprender el planeta como aula expandida y hogar compartido con todos los seres vivos. Mantovani Florece porque entiende que el ambiente es la Tierra y el arte y la educación los nutrientes que necesitamos para que el planeta reverdezca. Florecer es un acto de amor y de justicia hacia la humanidad, las demás especies y las generaciones futuras.”

Tal vez allí se encuentre la imagen más precisa para comprender estos tres años de trabajo. Florecer no es solamente crecer: es hacerlo con otros, en un territorio y bajo condiciones que deben ser cuidadas.

La Escuela Mantovani llega al cierre de este proyecto con una intervención sobre sus propias puertas y ventanas. Es una elección cargada de sentido: abrir la escuela hacia afuera, hacer visible lo que durante años se trabajó adentro y permitir que el arte producido en sus aulas encuentre otros ojos, otras preguntas y otros territorios.

El árbol que se plantará como gesto final será, en ese sentido, más que un símbolo. Será una forma de recordar que los procesos educativos, como los procesos artísticos, no siempre terminan cuando concluye un proyecto. Algunas experiencias quedan bajo tierra durante un tiempo. Después, inesperadamente, vuelven a brotar.

Mantovani Florece porque una escuela de arte también puede ser un lugar donde se aprende a cuidar aquello de lo que todos formamos parte.

 

 

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